miércoles, 11 de marzo de 2015

Aixa Rava

Aixa Rava (Tierra del Fuego, 1982) es profesora en Letras egresada de la UNCo (Neuquén), profesora de español como lengua extranjera y correctora de textos. Colaboró como cronista y redactora para Revista Kundra. Literatura Aleatoria y el portal cultural Baires Digital. Tras publicar en antologías y revistas, en 2014 editó su primer poemario, Barda (Buenos Aires Poetry). Actualmente está preparando un libro de relatos y su segundo poemario, y escribe regularmente en su blog hojasdemoradas.blogspot.com.ar. 













El rastro

Me quedé
en esa llamada etapa de la niña
il ritornello,
mirando el árbol
subiéndolo
reptándolo
uniéndolo al tiempo.
En el instante último encontré
el bucle infinito de los recuerdos
como un gusano que una y otra vez
pisa el rastro de sí mismo.
Así, toda la tarde
estuve después de que te fuiste.


Todo es esto

Seguía adelante pasada la primera vuelta.
Non Stop. Embalada, corriendo
como cuando se está a gusto
y se sigue por diversión
porque viene bien y no querés que se termine.
Entonces doblás, te acercas al borde,
le trazás un doble a la saliente,
cambias de rumbo como de zapatos.
Superas las cinco vueltas y no
no se termina.
Sólo por momentos, vuelve la recta,
atina a quedarse pero es
tan aburrida.

Hay poco espacio,
las curvas son grandes
se extienden
se pronuncian y consumen
más espacio.
Pero el camino es el que se elige
el experimento
la prueba constante.
El momento que se dilata como la curva sin error.


Tierra del fuego

La luz rodea el verano en el recuerdo,
aquí la sombra deambula con los niños;
entre turberas y fiordos, los glaciares
hacen que el hielo se vuelva un enemigo.

En esta isla, la sangre se congela,
la piel se raja, la voz se hace chillido;
y hasta las bestias, las plantas, los caminos
creen que la nieve es ajena al paraíso.

Y es que no hay cardos, sudor, no hay regocijo
de tambos, de granjas ni de silos;
y si hay un sol, un día, una tarde,
se esconde junto al hierro sin aviso.

Jugar es cosa de adentro, no de plaza,
y a nadie se le antoja el infinito,
que está en el mar, en el nombre, en la bahía,
en todo el viento, y también, en todo el frío.

En un domingo de bosque y costa espesa,
la libertad una rama de lenga
quiebra
con la ilusión de salir y no encontrarse
con el blanco, el gris y la tristeza.

La isla para el niño es una cárcel
con gaviotas, nutrias y orcas muertas,
un exilio, un castigo, una venganza,
que en el sur de estos pies dejó su huella.


Riesgo

Andar no es fácil —pero desandar.

Volver la vista hacia lo que no está,
esperar que te digan que aun te quieren
y llorar de nuevo y perder la paz.

Andar no es fácil —pero desandar.

Cerrar la puerta con la luz atrás,
no ver la costa y odiar el mar,
y sentir de nuevo tanta soledad.

Andar no es fácil —pero desandar.

Buscar los años que se vivieron,
regar las flores de los que fueron
y ansiar el vientre de nuevo.


Barda

No escucho más que la voz
del viento,
la veo quebrar
instantes como frutos secos.
El valle —un infierno verde—
nos hunde en este desierto
y son dos
los cauces que irrigan tu perfil bermejo.

Yo corrí esa piel muchas veces,
me enredé entre alpatacos
y le di mi carne a las espinas.
Pisé —y resbalé
tus piedras sueltas
y el hueso de algún cocodrilo
enraizado en tu vientre.
Desde el mirador, junto al canal de la ciudad
y la avenida, vi extenderse el campo de golf
—otra conquista
sobre tu parte dormida.
Me sentí libre en tus venas
—creo que también me sentí presa
y me fui antes de morderte más las uñas,
un intento voraz
de escaparle a la locura.


En constante retorno

Vuelvo a los sueños eternos de los veranos,
al cálido roce de las colchas rojas
sobre el piso helado.
Vuelvo a tomar la leche de las botellas,
a comer masitas de latas negras.
Entre la lluvia nadan unas memorias
y en una gota cabe todo el universo,
en una gota que me trago,
cuando cierro los ojos y adormezco el pecho.

Las baldosas bajo mis pies diminutos
son rojas —mis zapatos, negros.
A veces no sé si es cierto lo que veo,
las imágenes se funden con los hechos.
Sólo sé que vuelvo como un pájaro,
me extravío en los silencios.
Vuelvo al centro de la ausencia
y me construyo con ecos.


La sexta

La niña junta los granos mientras baja la escalera. Ha trepado el muro y, caminando por la cornisa, ha llegado al techo. Techo, techo, techo, alcanza la esquina y ahora desciende hacia otro patio. La vecina la mira desde la ventana, es la siesta y no tiene ganas de gritarle que se vaya.
La niña sigue bajando, se arrodilla, junta, guarda. Los granos se funden todos en sus bolsillos, marrón pardo y atigrado que se mueve, que se estira, toma forma y se arrebata. Más granos y más grande se torna el cuerpo, molesta en el bolsillo que es ahora una jaula; se estira la niña y otro grano se esconde bajo una garra. Asombrada mira su brazo, de niña a fiera se cambia. Se encoge sobre sí misma hasta alcanzar el piso y camina, lenta, sensual, mortal sobre sus cuatro patas. La vecina advierte el fenómeno. Se asusta. Quiere gritar y emite un gemido, quiere correr y se queda inmóvil.
El tigre la mira desde el rellano, baja los últimos peldaños y se acerca a la puerta. No ruge, no amenaza. Se inclina hacia adelante y en una mueca, que es más de dolor que de asco, vomita un vestido pequeño y cientos de granos de café, y se marcha.









2 comentarios:

  1. Aixa, leí algunos de tus poemas, hermosisímos, mis felicitaciones y que sigan los exitos.una amiga de abu aidée-Simplemente ....Yo la Teto....

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    1. Muchas gracias, Teto, me alegra que te hayan gustado!! Beso grande y gracias por leer!

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